No es fácil definir en pocas palabras una mística liberadora para la bioética. Ella necesariamente incluirá la convicción de la trascendencia de la vida que rechaza la noción de la enfermedad, del sufrimiento y de la muerte como absolutos intolerables. Incluirá la
percepción de los otros como compañeros capaces de vivir la vida en solidaridad y comprenderla y aceptarla como un don. Esta mística sería, sin duda, testimonio, en el sentido de no dejar que los intereses individuales egoístas se sobrepongan y callen la voz de los otros (excluidos) y hagan invisibles sus necesidades.
Esta mística proclamaría, frente a todas las conquistas de las ciencias de la vida y del cuidado de la salud, que el imperativo técnico-científico, “lo puedo hacer”, pasa obligatoriamente por el discernimiento de otro imperativo ético, “luego debo hacerlo”? Todavía más, animaría a las personas y a los grupos de los más diferentes contextos socio- políticos, económicos y culturales a unirse en la tarea de garantizar una vida digna para todos, en la construcción de un paradigma económico y técnico-científico, que acepta ser guiado por los valores humanos (BINDÉ, 2004) y por las exigencias de la solidaridad humana (ANJOS 1996).
Los desafíos más candentes de la bioética en América Latina y El Caribe son aquellos que se relacionan con la justicia, la equidad y la ubicación de recursos en el área de la salud. En amplios sectores de la población todavía no llega la alta tecnología médica y mucho menos el tan anhelado proceso de emancipación de los enfermos. Todavía impera la beneficencia y el paternalismo. Al principio de autonomía, tan importante en la perspectiva anglo- americana, necesitamos yuxtaponer los principios de la justicia, la equidad y la solidaridad.
El desarrollo de la bioética a nivel mundial viene últimamente privilegiando preocupaciones éticas típicas de países como los de América Latina y El Caribe. Daniel Wikler, en la ponencia conclusiva del III Congreso Mundial de Bioética ( San Francisco – EUA – 1996) titulada “Bioethics and social responsibility”, dice que cuando vemos el nacimiento y el desarrollo de la bioética, identificamos claramente cuatro fases: a) Primera fase: marcada por los códigos de la deontología y de la ética de los profesionales de la salud. En este primer momento, la bioética es prácticamente entendida como una ética médica actualizada. b) Segunda fase: entra en escena la relación médico-paciente. Se cuestiona el paternalismo médico y se comienza a hablar de los derechos de los pacientes (autonomía, libertad, verdad, etc.). c) Tercera fase: entran en escena los cuestionamientos relacionados con el sistema de salud, incluyendo la organización y la estructura, el financiamiento y la gestión de recursos. Los bioeticistas tienen que estudiar economía y también entender de política de la salud (Callahan – 1980) y; d) Cuarta fase: que se inicia a partir de mediados de la década de 90.
CONCLUSIONES
La bioética elaborada en el mundo desarrollado (USA y Europa), la mayoría de las veces ignoró las cuestiones básicas que millones de excluidos enfrentan en este continente y centró su atención en temas que para ellos son marginales o simplemente no existen. Por ejemplo, se habla mucho de morir con dignidad en el mundo desarrollado. Aquí somos empujados a proclamar la dignidad humana que garantice primeramente un vivir con dignidad y no simplemente una sobre-vivencia deshonrosa, antes que un morir digno. Entre nosotros, la muerte es precoz e injusta, siega millares de vidas desde la infancia, en tanto en el primer mundo se muere después de haber vivido mucho tiempo y disfrutado la vida con elegancia hasta la vejez
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